¿Fin de la era antibiótica? La resistencia antimicrobiana avanza sin freno

La resistencia antimicrobiana avanza a un ritmo acelerado y se está convirtiendo en uno de los mayores retos sanitarios del siglo XXI.
El incremento de las llamadas superbacterias está reduciendo la eficacia de los antibióticos y poniendo en peligro tratamientos que durante décadas permitieron controlar infecciones antes mortales. Especialistas alertan que esta tendencia podría inaugurar una época en la que enfermedades comunes vuelvan a representar un riesgo serio para la vida.
Aunque la resistencia a los antimicrobianos (RAM) se reconoce desde mediados del siglo pasado, su crecimiento se ha intensificado recientemente. Un ejemplo claro es la fiebre tifoidea, causada por Salmonella Typhi, que ilustra la gravedad del problema.
Esta infección afecta cada año a más de 11 millones de personas y puede resultar letal en hasta un 20% de los casos cuando no hay antibióticos eficaces disponibles. La aparición de cepas extensamente resistentes (XDR), incapaces de responder a los tratamientos habituales, ha encendido alertas en todo el mundo.
Los informes recientes muestran que estas variantes resistentes se están propagando en diversas zonas de Asia —donde se concentran cerca del 70% de los casos—, pero también han sido identificadas en países como Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido.
La conectividad global ha permitido que estas superbacterias se desplacen entre naciones con facilidad, aumentando la preocupación por brotes potencialmente difíciles de controlar.
Otro elemento preocupante es la disminución de alternativas terapéuticas. Actualmente, la azitromicina es el único antibiótico oral que todavía funciona contra la fiebre tifoidea, aunque ya se han detectado mutaciones que amenazan su eficacia. Y esta situación no es excepcional: solo en India se documentan alrededor de un millón de infecciones anuales resistentes incluso al carbapenem, considerado un antibiótico de “último recurso”.
Si bien el uso inadecuado de antibióticos y la automedicación suelen mencionarse como causantes principales del problema, la raíz es más compleja. Cerca del 73% de estos fármacos se emplean en la producción pecuaria, frecuentemente para acelerar el crecimiento de los animales o prevenir infecciones derivadas del hacinamiento, más que para tratar enfermedades reales.
El panorama hospitalario tampoco es alentador. En India, alrededor del 30% de los pacientes en unidades de cuidados intensivos adquieren infecciones que ya no responden a los tratamientos disponibles.
Ante este escenario, la prevención destaca como la medida más poderosa para frenar la expansión de la RAM. Reducir la incidencia de infecciones disminuye la necesidad de usar antibióticos y, en consecuencia, limita la aparición de nuevas superbacterias.
Tanto la vacunación como la mejora en agua, saneamiento e higiene (WASH) son estrategias fundamentales. Según la Organización Mundial de la Salud, un mayor uso de vacunas podría disminuir hasta en un 22% el consumo mundial de antibióticos.
En India, la inmunización infantil contra la fiebre tifoidea podría evitar más de un tercio de los casos y muertes, mientras que Pakistán ya incorporó esta vacuna en sus programas nacionales.
El mensaje es contundente: si la resistencia antimicrobiana continúa expandiéndose y los antibióticos siguen perdiendo efectividad, la medicina moderna podría enfrentar un retroceso histórico. La verdadera incógnita es si gobiernos, sistemas de salud y población actuarán con la rapidez necesaria para impedir que la era de los antibióticos llegue a su fin.
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