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Mentir en la infancia es normal y rara vez señala preocupaciones de comportamiento

ENFERMEDADES
Agencias / El Tiempo
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Decir mentiras ocasionales durante la infancia es una conducta común y, en la mayoría de los casos, no representa una señal de futuros problemas graves, según un estudio reciente.

La investigación, publicada el 27 de mayo en la revista Development and Psychopathology, concluyó que la mayoría de los niños que mienten de vez en cuando no desarrollan antecedentes penales ni trastornos mentales específicos en la edad adulta.

Aunque las mentiras infantiles suelen generar preocupación entre padres y educadores, los investigadores encontraron que este comportamiento forma parte del desarrollo normal para muchos niños y no debería interpretarse automáticamente como un problema.

Sin embargo, el estudio identificó que aquellos menores que mienten de manera frecuente y cuya tendencia a hacerlo aumenta con el paso de los años presentan una mayor probabilidad de mostrar conductas agresivas e impulsivas desde edades tempranas. Estos factores, a su vez, se relacionan con un riesgo más elevado de comportamientos antisociales y problemas legales en la adultez joven.

Victoria Talwar, profesora de psicología educativa y de la orientación en la McGill University de Montreal y autora principal del estudio, explicó que los niños no siguen un único patrón en el desarrollo de este comportamiento.

Según la investigadora, la mayoría de los participantes mostraron niveles bajos de mentiras o una disminución progresiva de estas conductas a medida que crecían, por lo que mentir ocasionalmente no constituye una señal preocupante para la mayoría de los menores.

Para llevar a cabo el análisis, los investigadores siguieron durante años a más de 3,000 niños francófonos que formaban parte de un proyecto longitudinal realizado en Quebec. Los participantes asistieron a educación infantil entre 1986 y 1988.

A lo largo del estudio, padres y profesores proporcionaron información sobre las conductas de los niños, incluyendo la frecuencia con la que mentían y otros comportamientos observados desde los 6 hasta los 19 años.

Con estos datos, los investigadores identificaron distintos patrones de comportamiento, clasificando a los participantes en grupos según la evolución de sus mentiras: ocasionales, frecuentes, crecientes o decrecientes.

Posteriormente, compararon estos patrones con características como la agresividad y la impulsividad durante la infancia. Además, realizaron un seguimiento hasta los 25 años para determinar si existían antecedentes penales o diagnósticos de salud mental en la adultez temprana.

Los resultados sugieren que la mentira persistente y cada vez más frecuente puede ser una señal de alerta cuando aparece junto con comportamientos agresivos o impulsivos.

Talwar señaló que estos hallazgos ayudan a diferenciar entre conductas propias del desarrollo normal y aquellas situaciones que podrían beneficiarse de apoyo especializado desde edades tempranas.

Asimismo, destacó que comprender mejor estos patrones puede contribuir a reducir el estigma asociado a las mentiras infantiles y favorecer intervenciones preventivas más eficaces. En lugar de responder únicamente con castigos, los investigadores consideran que los casos de mentira persistente acompañada de otros problemas de conducta podrían requerir orientación y apoyo oportunos para evitar consecuencias negativas a largo plazo.

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