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Qué mecanismos cerebrales explican la procrastinación

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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¿Por qué cuesta tanto comenzar aquello que sabemos que es importante? Más allá de una supuesta falta de voluntad, la procrastinación está estrechamente relacionada con la forma en que manejamos nuestras emociones.

Tal como explica Annemieke Apergis-Schoute, profesora de Psicología en la Universidad Queen Mary de Londres, en un artículo publicado en The Conversation, postergar una tarea responde principalmente a un patrón de regulación emocional y no a la pereza o a una mala gestión del tiempo.

Procrastinación, incomodidad y adaptación mental

Las investigaciones citadas en The Conversation indican que procrastinar no implica desinterés, sino la manera en que el cerebro reacciona ante la incomodidad, la ansiedad y la incertidumbre. Para Apergis-Schoute, “la procrastinación no es un problema de organización, sino de regulación emocional”.

Muchos estudiantes se sienten abrumados, se pierden en los detalles o experimentan ansiedad al comenzar una actividad. Rara vez mencionan falta de interés; por el contrario, la postergación suele estar asociada a una carga emocional intensa.

Evitar la tarea impide que el cerebro experimente la sensación de logro y la motivación que surge simplemente al empezar. Dar un primer paso pequeño —como abrir un documento o escribir una sola línea— activa los circuitos de recompensa cerebral y refuerza el deseo de continuar. Cuando se aplaza la acción de forma constante, la tarea conserva su apariencia de amenaza, prolongando el ciclo de evitación durante días.

El papel clave de la flexibilidad cognitiva

La flexibilidad cognitiva es fundamental para romper este patrón. Este concepto se refiere a la capacidad de ajustar expectativas, modificar estrategias y abandonar esquemas mentales rígidos. Una mente flexible permite adaptarse a los obstáculos, mientras que la rigidez lleva a insistir en métodos poco efectivos, incluso cuando las condiciones cambian.

Estudios recientes respaldan esta idea. Una investigación publicada en Scientific Reports encontró que la procrastinación académica se asocia con dificultades en la regulación emocional y niveles bajos de autoeficacia, lo que afecta la capacidad de iniciar tareas y mantener la concentración. Los autores concluyen que no se trata de falta de voluntad, sino de la interacción entre procesos emocionales y cognitivos.

Esta perspectiva también es compartida por instituciones médicas reconocidas. La Cleveland Clinic señala que la procrastinación suele vincularse con ansiedad, perfeccionismo y problemas para manejar las emociones, más que con desinterés o flojera.

Un entorno que favorece la postergación

El contexto actual intensifica este fenómeno. El uso constante de teléfonos móviles y redes sociales reduce la capacidad de concentración, mientras que el perfeccionismo incrementa la autocrítica y la ansiedad, especialmente entre estudiantes universitarios. The Conversation destaca que estas condiciones dificultan la adaptación mental necesaria para iniciar tareas complejas.

Desde la neurociencia, la procrastinación se explica como una competencia entre dos sistemas cerebrales: el sistema de amenaza, que se activa frente a tareas exigentes o evaluativas, y el sistema de recompensa, que busca gratificación inmediata. Cuando predomina el primero, el cerebro evita la tarea y opta por actividades más fáciles y placenteras, lo que alivia momentáneamente, pero aumenta el estrés a largo plazo.

Estrategias para pasar de la evasión a la acción

Para enfrentar la procrastinación, Apergis-Schoute sugiere intervenir en la forma en que el cerebro gestiona el inicio de las tareas y el malestar asociado. Entre las estrategias más eficaces se encuentran:

Dividir las tareas grandes en partes pequeñas y manejables.

Utilizar microacciones para superar el bloqueo inicial.

Cambiar la perspectiva y flexibilizar el pensamiento rígido.

Entrenar la tolerancia emocional frente a la incomodidad inicial.

Asociar el comienzo de una tarea con estímulos positivos.

Estas técnicas fortalecen la flexibilidad cognitiva necesaria para transformar la evitación en acción, incluso en un entorno saturado de distracciones. Como destaca Apergis-Schoute, la flexibilidad mental se desarrolla con la práctica y los cambios, aunque pequeños, se acumulan con el tiempo.

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