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Sheinbaum no es Santa Anna, pero Trump sí es Polk

Raúl Rodríguez Cortés
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Trump dejó ver su ignorancia y falta de rigor histórico, así como su soberbia y proclividad a la amenaza, cuando el lunes pasado celebró como un “acto heroico” la injustificable invasión estadounidense que concluyó con la toma de la ciudad de México el 14 de septiembre de 1847 tras la caída del Castillo de Chapultepec y llevó a que cediéramos más de la mitad de nuestro territorio con la firma del Tratado de Guadalupe-Hidalgo el 2 de febrero de 1848.

Doce años antes, en 1836, Antonio López de Santa Anna había sido derrotado en la batalla de San Jacinto por los separatistas texanos de Sam Huston y capturado en su huida. Para su liberación negoció, entre otras cosas, el reconocimiento de Texas como una república independiente de México, lo que hizo a título personal porque el gobierno mexicano no lo aceptó.

Al cabo de diez años, el 29 de diciembre de 1845, Texas fue anexada a Estados Unidos, pero México insistía en que su frontera estaba delimitada por el río Nueces, no por el río Bravo, muchos kilómetros al sur, como impuso el gobierno de Washington entonces encabezado por el expansionista presidente del Partido Demócrata James K. Polk a cuyo apellido deben sus partidarios en nuestro país (entonces como ahora y como siempre) el apelativo de “polkos”.

En el territorio disputado entre ambos ríos, una patrulla estadounidense al mando de un capitán Thornton (de ahí que al hecho se le conozca como “el incidente Thornton”) fue atacada por milicias mexicanas el 25 de abril de 1846. Polk utilizó ese pretexto (“se ha derramado sangre estadounidense en territorio estadounidense”) para declarar la guerra e invadir a México.

Santa Anna, quien ocupó una vez más la presidencia según él para defender al país de la invasión perdió aquella guerra injusta y capituló. México acabó por ceder la mitad de su territorio, unos 3.1 millones de kilómetros cuadrados que hicieron crecer al estadounidense en un tercio.

Trump, a lo largo de este primer año de su segundo mandato, ha dado muchas señales de su obsesión expansionista: anexar Canadá, comprar Groenlandia, tomar control del canal de Panamá, invadir México. 

Es una especie de James K. Polk renacido, furibundo defensor de la ideología del “destino manifiesto” con la que legitimó el robo de Texas, California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah y Colorado bajo el precepto de que Estados Unidos está destinado “por voluntad divina” a expandirse territorialmente, irreal mandato celestial para difundir la libertad, la democracia y el protestantismo, sobre el que hizo eco ayer al anunciar que convocará a una oración colectiva para consagrar a Estados Unidos como una sola nación bajo Dios.

Pero es claro que hoy las circunstancias de México son otras y por eso Sheinbaum respondió a su festejo por la invasión a México que “nosotros no somos Santa Anna”, aserto que sobre el que abundó contundentemente en el discurso que pronunció ayer el en aniversario número 109 de la Constitución al declarar que “México no se doblega, no se arrodilla, no se rinde ni se vende”.

Significativo fue que en sintonía con esa narrativa y en ese simbólico escenario, el gobernador panista de Querétaro, Mauricio Kuri González expresara su total apoyo a Sheinbaum frente a los constantes amagos estadounidenses y pronunciara un enérgico discurso en el que cerró filas con la presidenta y declaró que “México no acepta dictados extranjeros, no admite instrucciones de nadie, ni pacta su integridad y, jamás, su dignidad”.

Fuertes y valientes posicionamientos que habrá que defender frente a la respuesta de Trump que, pronto, a no dudarlo, vendrá con nuevos amagos a México.

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